La frontera invisible by Javier Reverte

La frontera invisible by Javier Reverte

autor:Javier Reverte [Reverte, Javier]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Ensayo, Viajes
editor: ePubLibre
publicado: 2022-05-19T00:00:00+00:00


* * *

«Me parecía increíble estar en Isfahán —escribió Vita Sackville-West—, demasiado improbable para ser cierto». Y era un acertado juicio, porque la belleza está a menudo condenada a ser evanescente.

Y en esa hora del atardecer, mientras mis tímidos pasos me llevaban al centro de la gran plaza, la Naqsh-e Djahân —también llamada Meydân-e Shâ («Plaza Real»)—, la realidad parecía diluirse ante mí. No solo los seres humanos y las caballerías se transformaban en sombras imprecisas, sino también el gran estanque central, que parecía de pronto una laguna del Jardín del Edén, con sus veinticuatro aspersores lanzando curvos chorros de agua, a modo de salutación, a la caída del sol, que se aproximaba con dorada lentitud. Incluso las cúpulas de la mezquita del Imán —el Masdjeh-e Imâm— y de la mezquita del Jeque Lotfollâh, parecían dos globos que quisieran echar a volar, pese a estar firmemente anclados en el suelo. Todo en la gran plaza semejaba tocado por un velo de irrealidad, como si el lugar perteneciese al mundo de lo divino. Y tal vez no fuera otra la intención de los arquitectos que diseñaron aquel espacio mundano y sus edificios sagrados.

Me senté en un banco cerca del agua. El día escapaba del espacio, dejando un rastro de rosa y oro, y la luz se iba difuminando más y más, minuto tras minuto. En el atardecer, la de Naqsh-e Djahân es de una luminosidad retraída, humilde, que dificulta la visión de los objetos, quizá con el propósito de crear una atmósfera de intimidad en un lugar tan populoso. Y en la noche acontece también un curioso fenómeno: que las grandes cúpulas de las mezquitas del Imán y del Jeque Lotfollâh, conforme la luz se desvanece y la luna camina en el espacio, van cambiando de tonalidades.

Una mujer vestida con chador se acomodó a mi lado y sacó de su bolso un bocadillo y un refresco. Y me ofreció su comida, diciéndome algo en farsi, antes de hincarle el diente al emparedado. Rehusé con una sonrisa cortés.

Todo a mi alrededor confería una sensación de serenidad y paz, ni siquiera alterada por los gritos de los niños que corrían en los espacios de césped y entre los chaparros pinos de copas recién recortadas. Las parejas de novios paseaban con las manos enlazadas, grupos de mujeres se sentaban en los bordes del estanque mientras sus hijos chapoteaban con los pies en el agua, algunos pequeños vehículos eléctricos paseaban familias de cinco o seis personas, sonaban los cascabeles de los coches de caballos y el golpeo metálico de los cascos de los animales sobre las piedras, mientras los últimos bandos de palomas se retiraban en busca de sus criaderos.

El lugar resultaba alegre, con los niños que jugaban y los jóvenes que se amaban, en nada parecido a lo que la desequilibrada, excéntrica y genial Annemarie Schwarzenbach llamó «la horrible tristeza de Persia».

Al fondo, a mi izquierda, en la parte norte de la plaza, se situaba la entrada del bazar, su bello portal dando la cara, desde la lejanía, a la mezquita del Imán.



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